Hoy quiero hacer un post diferente, fruto de mi participación en un programa de emprendimiento y liderazgo cívico y de haber conocido a personas realmente increíbles en apenas un par de días, con grandes historias detrás, objetivos claros, un gran foco, alegres, humildes y unas increíbles ganas de vivir, aportar y hacer de este mundo un lugar mejor para todos a través de la difusión de sus experiencias.

Si simplemente tienes curiosidad por conocer una visión del liderazgo desde el emprendimiento, te invito a que leas este breve ensayo.

 Y por supuesto, me encantará que dejes un comentario con tus reflexiones 🙂

Marco Aurelio: «Dios mío, dame fuerzas para aceptar lo que no puedo cambiar, la voluntad de cambiar lo que puedo cambiar, y la sabiduría de saber distinguir lo uno de lo otro»

Charles de Gaulle: «La dificultad atrae al hombre de carácter porque abrazándola, se realiza a sí mismo».


¿Te dedicas a algo que sólo tú eres capaz de hacer? ¿Cuál crees que es tu función aquí en la tierra? ¿Estás desperdiciando tus capacidades únicas o incluso la posibilidad de llegar a descubrirlas? ¿Qué estás retrasando por miedo? ¿Cuánto te está costando económica, física y emocionalmente retrasar esa acción? ¿Imaginas qué pasaría si cada vez que conocieras a una persona pensaras en alguna forma de ayudarla? ¿Hay algo que puedas hacer por ella?

Alguien dijo una vez que la calidad de nuestras vidas se corresponde con la calidad de nuestras preguntas. No en vano, son los interrogantes presentes en nuestras vidas los que determinan dónde ponemos el foco, y los que acabarán por determinar nuestras emociones y nuestros pensamientos y, por ende, nuestras acciones y resultados.

Me gusta pensar en el liderazgo como una herramienta para la inspiración, pues, visto así, la vida adquiere la virtualidad para desarrollarse y evolucionar junto a personas a las cuales ves, no sólo como lo que son hoy, sino como lo que podrían llegar a ser. Ver ese carácter potencial de cada individuo, exhortar a buscar siempre y cada día la mejor versión de uno mismo…

¿Acaso el hombre puede enfrentarse a mayor y más estimulante reto que luchar por convertirse en su mejor versión?

No es extraño encontrar cómo muchas personas sobreestiman el mundo mientras se subestiman a sí mismas. Hacerles ver que son mejores de lo que creen, que no están solos y que todo ser humano con independencia de su edad, sexo oprocedencia es capaz de hacer grandes cosas e influir positivamente en miles de personas, es una de las mayores satisfacciones personales y profesionales que he tenido el privilegio de vivir y compartir junto a personas maravillosas que me inspiran cada día. Ya Nietzsche lo explicaría con claridad, y es que más de uno que no puede liberarse de sus propias cadenas ha sabido, sin embargo, liberar a un amigo de ellas.

Pero seamos claros, una vez dejamos los pensamientos turbios, desquiciantes y confusos (angustias, inquietudes y preocupaciones nebulosas) sobre la página de nuestro pasado, afrontamos cada día con una mirada más limpia.

Quizás malinterpretado, ya Wittgenstein quiso alertarnos de ello afirmando que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Pero no se refería el austríaco a nuestro conocimiento y vocabulario per se, sino a la comunicación que empleamos, en última instancia, con nosotros mismos y con nuestro entorno. A nadie escapa el que, cómo nos relacionamos con nosotros mismos, acaba por condicionar a nuestro mayor aliado y más terrible enemigo: el subconsciente.

Un crisol de empoderamiento, nuevas, variadas y flexibles perspectivas frente a la vida, empatía, trabajo duro, confianza, paciencia, agradecimiento, bondad o rendir siempre cuentas con uno mismo desde la responsabilidad son tan sólo algunos de los efectos inherentes a la formación para el liderazgo que todos tenemos oportunidad de aceptar y abrazar en nuestras vidas.

El historiador Lord Mahon lo dejó claro hace más de un siglo:

Los hombres excelsos se han revelado casi siempre igual de preparados para obedecer como se han revelado más tarde para mandar”.

Y no es casualidad que, cuando confianza y atención son lo que más escasea en un mundo posterior a la escasez, las personas capaces de recuperar en una persona la curiosidad, la esperanza y las ganas de crear y aportar valor desde el interior, sean renombrados o erigidos como líderes de su tiempo.

Sin embargo, caídos en el olvido, insistimos en ignorar que el potencial del liderazgo reside en todos nosotros.

Cuántas veces la historia ha demostrado que en el entorno equivocado la creatividad se resiente o que el trabajo no es tan sólo una actividad abocada a procurarnos dinero y despertar deseos, sino el periodo de gestación de nuestro carácter. Ése en el que te ganas tu integridad, comienzas a hacer planes y forjas tu propio personaje en la vida. Un tiempo para soñar con el viaje y tomar anotaciones para ti, pero también para atar cabos sueltos, obligarte a enfrentarte a los problemas que te tientan a salir corriendo, e inspirar a otros con tus conclusiones. El trabajo, desde el liderazgo, no sólo se convierte en una vía para saldar tus deudas financieras y emocionales, sino que convierte tu vida en un gran viaje que no pretende huir de la vida real, sino descubrirla a través del apoyo a los demás, las relaciones sociales, la inteligencia emocional y la superación personal.

Hoy día, el liderazgo -como siempre lo ha sido- está en el ideario popular, sin embargo, ha ido adquiriendo un cariz distinto, para el que algunos inspira terribles preocupaciones, fruto de la falta de pensamiento crítico y creatividad: influencers y redes sociales.

En efecto, hoy, cuando más de la mitad de la población mundial cuenta con acceso a internet, nueve de cada diez personas acceden para consultar sus redes y situamos la media en unas seis horas de conexión diaria (una tercera parte de nuestras vidas a cálculo global) la potencialidad de influir -positiva o negativamente- en los demás, está al alcance de todos y cada uno de nosotros.

La vida nos brinda talentos y capacidades y de nosotros depende descubrirlos, potenciarlos al máximo y usarlos de la mejor manera para servir al mundo.

De nosotros depende conocer cuáles son nuestros principios (no nuestros intereses) y mantenernos fieles.

Resulta esencial inspirar esperanza y confianza, desde que parece haberse convertido en aquello de lo que más escaseamos y en aquello que más necesitamos en nuestros tiempos.

Tenemos los medios. Tenemos la inteligencia, el coraje y el corazón.

Hagámoslo.